Autora: Lana Corujo
Editorial: Reservoir Books
Año de publicación: 2025
Páginas: 184
ISBN: 9788410352018
Últimamente había leído varias reseñas de esta novela, la primera de Lana Corujo, todas muy positivas. Al final me he animado a leerla y me ha gustado muchísimo. La he leído en dos sentadas un fin de semana y Han cantado bingo me ha dejado con ganas de mucho más, pero también se me ha metido muy adentro.
Lo que más me ha llamado la atención de esta obra no es lo que cuenta, que también, si no cómo lo cuenta. El libro, de 184 páginas, está dividido en 106 capítulos, tan cortos que invitan a seguir leyendo y cada uno lleva junto al título el número de la edad de la narradora interna en ese momento, con lo que vamos saltando entre los 2, 7, 10, 12, 13, 15, 18, 22, 28, 30, 36, 48, 64, 72 y 90.
Estos quince números van apareciendo y repitiéndose sin ningún orden aparente, como los quince números de los cartones de bingo a los que tanto juega Abuela.
Las protagonistas son dos hermanas, la mayor, la narradora, de la que no conocemos su nombre, y su hermana pequeña, Alejandra, a la que todos llaman Aleja, dos años menor que ella.
Ambas viven en Lanzarote junto a sus padres, aficionados a la bebida, y muy cerca de su abuela materna, la gran matriarca y referente. El resto de la familia la forman principalmente el tío Félix y el tío Tomás, los hermanos de su madre.
La casa de Abuela está al lado de El Ahorcado, un volcán que les produce al mismo tiempo fascinación y miedo y al que algunas noches van a jugar las dos hermanas. Antes de que Abuela vuelva de jugar al bingo, salen a escondidas por la puerta de atrás hasta El Ahorcado, cuentan hasta tres y corren de vuelta sin mirar atrás.
Esta historia está llena de juegos, amigos imaginarios y dibujos infantiles. Pero también de la herencia, ese don que va pasando de generación en generación en la familia, aunque algunos lo viven como una maldición.
Con pizcas de realismo mágico, esta historia nos habla de cómo la infancia y las tragedias pueden marcar toda nuestra vida.
Con un estilo peculiar, con diálogos sin rayas, palabras en cursiva y subrayadas, la autora nos lleva de la mano a saltitos, de capítulo en capítulo, de año a año, como en un juego infantil. Con un lenguaje cruel y bello nos invita a jugar y nos cautiva mientras nos muestra la infancia de las protagonistas.
Una infancia llena de fantasmas, miedos, violencia y culpa, pero también de afectos y recuerdos bonitos. Es una historia dura, triste y agreste como el rofe grueso de Lanzarote.
Y, al mismo tiempo, es una historia tierna, esperanzadora y reconfortante que me ha hecho reflexionar mucho sobre las relaciones entre hermanos y en la familia en general.
A lo largo de la lectura he subrayado muchísimas frases que me han emocionado y me han hecho pensar en cómo nos marca la infancia, cómo nos ven los demás, cómo nos vemos y nos hablamos a nosotros mismos y cómo nos damos o nos quitamos las oportunidades de avanzar, seguir adelante y ser felices sin el peso de la culpa, la nostalgia y los fantasmas.

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